miércoles, 24 de abril de 2013

Las preferentes como símbolo de la degradación moral

Analfabetos, ancianos, enfermos de Alzheimer... no, no es la lista de pacientes de un hospital o los inquilinos de un geriátrico. Es el perfil mayoritario de los afectados por el escándalo de las preferentes. Por el tipo de producto del cual se trataba el 90% de los clientes estafados eran ahorradores de toda la vida. Por lo tanto, otro factor a sumar, el de la confianza traicionada. El cliente de siempre que ve como el trabajador de su sucursal habitual le ofrece un producto y él, confiado, acepta sin plantearse que esa persona le está robando los ahorros. ¿Se puede ser más ruin?



Que la voracidad de las entidades financieras es prácticamente infinita es algo que sospechábamos, o más bien sabíamos, desde hace mucho tiempo. Siempre nos hemos quejado de que nos estafaban o robaban, pero hasta hace poco era una forma de hablar. Escándalos financieros siempre los ha habido pero los tintes que adornan el caso de las preferentes enumerados en el inicio dan una visión clara de la degradación moral que asola el mundo moderno y, más concretamente, el mundo financiero y económico. 

Aún recuerdo los debates, en mi época universitaria, donde los dilemas morales se centraban en si el fin justifica los medios o si un bien superior puede primar sobre uno individual. Ya saben ¿Es ético torturar a un terrorista para prevenir un atentado? ¿Se debe pagar un rescate para liberar a un secuestrado? ¿Es lícita la experimentación, en humanos o animales, para curar enfermedades? Vamos, el debate clásico con tintes maquiavélicos. Por supuesto en ningún momento se nos habría planteado como un dilema el hecho de primar un bien individual sobre uno común ni mucho menos si este consistía en robar a los pobres para quedárselo unos pocos ricos. La duda ofende...

Con el advenimiento de la edad moderna y el alumbramiento de la ciencia el hecho religioso fue quedando cada vez más aislado de otros ordenes de la vida. El problema es que la moral, hasta entonces, estaba intrínsecamente unida a ese hecho religioso. Además de la ciencia, otras disciplinas, muy oportunamente, decidieron que tampoco debían estar unidas a la moral. No son pocos los economistas que opinan que ellos solo se tienen que encargar de estudiar los mecanismos económicos de un modo puro, alejados de cualquier valoración. Ya se encargaran otros de ello. Como si cada uno de nosotros no fuéramos un cúmulo de circunstancias, como dijo Ortega, y pudiéramos aislar nuestra distintas esferas para obtener el máximo rendimiento en cada una de ellas sin verse afectadas unas por otras.

Este pensamiento, que olvida el beneficio de la colectividad en aras del beneficio propio, es el que nos ha llevado, burbujas aparte, al momento de crisis en que nos encontramos. El paroxismo de estas ideas lo encontramos en un caso como el que nos ocupa donde la entidades financieras alumbraron un producto con el cual obtener beneficios a cualquier precio. Aunque ese precio fuera estafar a los clientes de toda la vida, sin ningún rubor, aprovechándose en la mayor parte de los casos, de la ignorancia de aquellos aderezada con la confianza en quien, hasta entonces, había sido la persona encargada de velar por sus ahorros.

Nuestros políticos siempre acuden raudos a la llamada del poder financiero
Y ¿donde quedan los políticos? ¿donde los organismos de control financiero? En 2004 Miguel Sebastian, a la sazón Director de la Oficina Económica del Presidente Zapatero, cursó la petición al Presidente de la CNMV, marido de la entonces ministra de Educación, Mercedes Cabrera, de permitir comercializar entre el pequeño ahorrador las acciones preferentes. Es decir, hasta entonces solo los grandes inversores, obviamente con los conocimientos pertinentes, podía acceder a dichos productos. Por lo tanto no ha sido una práctica oculta o fruto de una laguna legal, si no auspiciada y alentada por un gobierno, que decía ser socialista y obrero, para paliar la falta de liquidez de los bancos. Falta de liquidez producto de unas inversiones ruinosas y del apalancamiento producido por el stock de viviendas que se niegan a sacar a la venta para no reconocer pérdidas en sus balances contables. Y no conformes con robar a nuestros mayores hemos de rescatarlos, con cargo a nuestros impuestos. Menos mal que teníamos el sistema financiero más sólido del mundo.

Como ya he recalcado en otras ocasiones me da más miedo un tonto que un malvado. Este último sabe hasta donde puede llegar, donde están los límites, y, aunque nada más sea por egoísmo sabe que no se puede matar a la gallina sin perder los huevos de oro. El tonto no, como en el cuento, cegado por su egoísmo infinito, llega hasta donde le sea posible sin darse cuenta de que lo perderá todo, lo propio y lo ajeno. Quizá esta situación sea una mezcla de los dos casos, el de unos tontos (los políticos) cegados por el brillo de unas riquezas, aparentemente sin fin, puestas delante de sus ojos por unos malvados (el poder financiero) con el objetivo de campar a sus anchas esquilmando todo lo que se encontraban a su paso aunque eso supusiera, en un futuro que ya ha llegado, la ruina de todos. 

Solo espero que el peso de la ley caiga, y no se limite a la devolución de sus ahorros, sobre estos criminales que han robado, estafado y mentido, aprovechándose de su posición, a analfabetos, ancianos o enfermos de Alzheimer.